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Despertar del engaño estatal

Nada de lo que el Estado proporciona es gratis; lo pagamos todos, especialmente quienes se levantan cada día a trabajar, quienes dirigen sus negocios con esfuerzo o buscan crecer. Mientras tanto, el gobierno se jacta de mejoras, firma contratos a espaldas del pueblo y asfixia la economía para beneficiarse. Presenta proyectos que favorecen a sus aliados, dejando a la población necesitada en eterna espera. Cada cuatro años, nuevos rostros llegan con promesas vacías y dádivas temporales para conquistar el poder.
21 de mayo de 2026 por
Balta Anay


​El "Estado" es una palabra que despierta controversia para muchos y, para otros, representa estabilidad. Los más intelectuales debaten sobre su significado, pero aún no hemos aclarado a qué nos referimos exactamente con ella. Sin embargo, se puede deducir que hablamos de la organización de un país, un tema que divide opiniones. Algunos abogan por un Estado fuerte y eficiente; otros, más escépticos, creen que nada cambiará, pues, independientemente de quién gobierne, todos terminarán extrayendo los recursos de los ciudadanos mediante el aparato estatal.

​Es evidente que los gobiernos suelen sostenerse con mentiras y propaganda. Muchas garantizadas en promesas de paz, abundancia, seguridad y proyectos para el bienestar común, promovidos por ese mismo aparato estatal. Sin embargo, los escépticos proponen alejarse de la política y sus controversias para enfocarse en un proyecto de vida personal. Aunque esta postura puede parecer equivocada, no es tan grave como opinar o respaldar superficialmente a quienes dirigen el país.

​A menudo, los políticos tienen mala fama entre los ciudadanos —algo que, dicho sea de paso, no es raro en nuestro país—. Involucrarse en política se considera casi un pecado para algunos, pero ignorar lo que sucede es como vendarse los ojos a propósito. La corrupción y la mala gestión persistirán mientras sigamos al margen de la realidad nacional. 

​Hoy, el país atraviesa una crisis: emergencias en salud, seguridad, economía y educación claman atención. El Estado, que según nuestra Constitución debería ser responsable, se ha convertido en un instrumento al servicio de quienes detentan el poder. Y hay que aclarar, eso no es insólito. De hecho, una vez creado el Estado, detener su expansión es inevitable. Y esperar que actúe para mejorar las cosas es tan ilusorio como guardar lluvia en el desierto. Claro está, estará al servicio de quienes ostentan el poder de turno. Sin embargo, muy contrario es el discurso de los aspirantes al poder: prometen que todo mejorará, que el país será irreconocible. Y tienen razón en esto último, aunque solo porque lo empeorarán.

​La clase gobernante explota el sufrimiento de un pueblo agobiado por la crisis. Generan compasión para presentarse como salvadores, líderes capaces de traer orden, justicia y progreso en economía y educación. Llegan al poder como héroes y se van como villanos, tras haber dañado a la población. El Estado, convertido en una maquinaria burocrática, drena los recursos de los ciudadanos mientras los convence de que es un ente omnipotente, sabio y benefactor. Para este "Estado progresista", la familia se vuelve su peor enemigo, pues fomenta la independencia.

​Este sistema nos hace dependientes: controla la economía, la educación, la salud, la seguridad y hasta los medios de comunicación, moldeando cada aspecto de nuestra vida. Nadie se rebela porque, a través de la llamada "educación pública y gratuita" —que en realidad es costosa y de mala calidad—, ha condicionado nuestras mentes. Lo mismo ocurre con la salud: dicen ofrecer servicios gratuitos, pero estos cuestan millones a los contribuyentes y distan de ser dignos.

​Nada de lo que el Estado proporciona es gratis; lo pagamos todos, especialmente quienes se levantan cada día a trabajar, quienes dirigen sus negocios con esfuerzo o buscan crecer. Mientras tanto, el gobierno se jacta de mejoras, firma contratos a espaldas del pueblo y asfixia la economía para beneficiarse. Presenta proyectos que favorecen a sus aliados, dejando a la población necesitada en eterna espera. Cada cuatro años, nuevos rostros llegan con promesas vacías y dádivas temporales para conquistar el poder.

​Ignorar la política nacional es permitir que los demagogos sigan explotando a los gobernados. Y eso no se puede detener, mientras sigamos apegados a una democracia ilusoria. Creer que el Estado es un dios benevolente, capaz de resolverlo todo, es tan ingenuo como confiar en cuentos de hadas. Como dijo Miguel Anxo: "La estrategia del diablo es hacernos creer que no existe; la del Estado, convencernos de que sí existe y que solucionará nuestros problemas".

Si queremos un cambio, debemos actuar de manera diferente.



  • Artículo: Despertar del engaño estatal.
  • Publicación original: 25 de febrero de 2025.
  • Autoría: ©xhbalta

Despertar del engaño estatal

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